(Con)Trabajo y dedicación: la historia de Lucas

Lucas, un joven de Bajo Flores, fue superando obstáculos desde chico y hoy toca en el Teatro Colón. Una vida de esfuerzo y oportunidades.

Teatro Colón. Gente vestida elegante, butacas impecables, luces tenues que crean una atmósfera de majestuosidad. En el aire vibra el sonido de distintos instrumentos que combinan agudos y graves, se intercalan unos con otros y diseñan una melodía que da como resultado el aplauso cálido y las caras de admiración del público total.

Ese sonido tan perfecto y glorioso es logrado por los músicos que están sobre el escenario. Entre ellos está Lucas, un joven del Bajo Flores cuya vida no fue tan perfecta como esa melodía que se escucha en el teatro.

Lucas nació con su padre en prisión y tuvo que soportar prejuicios y estigmas para llegar a un templo de la música clásica. Nunca hizo oídos sordos, como tampoco lo hacen hoy quienes se deleitan con sus notas. Tuvo la oportunidad y no la dejó pasar.

“Me mostraron que sí había otro camino”

Lucas Velázquez, tal su nombre completo, hoy tiene 20 años pero parece que hubiera vivido una eternidad. Por todo lo que tuvo que hacer y superar, por todo lo que logró.

Dos factores se juntaron para que hoy él esté cumpliendo un sueño: sus ganas y dedicación inclaudicables, por un lado y la oportunidad y posibilidad de seguir un camino sano, por otro. No sería posible una sin la otra.

Él mismo lo sabe: “Tanto ellos (Plataforma NNAPES, dedicada a defender los derechos de los menores con adultos responsables detenidos) como las orquestas me cambiaron la vida: me mostraron que sí había otro camino”.

¿Por qué otro camino? Porque Lucas nació pero su padre no estuvo en el hospital, ya que estaba preso. Ésa fue razón suficiente para que muchos en el barrio y en la escuela decretaran su destino: terminaría delinquiendo y también en prisión.

“Cuidá tus cosas que éste viene del Bajo Flores”, “éste también va a ser chorro”, “que la manzana podrida no pudra al resto” son algunas de las etiquetas que le hacían llevar.

Sin embargo, él nunca tuvo intenciones de seguir el camino que le trazaran otros sino de hacer el suyo. Y allí es donde aparecieron las oportunidades.

Al principio intentó con la batería, pero tuvo que dejar por la necesidad de trabajar. Por suerte al poco tiempo conoció una orquesta que ensayaba cerca de su casa. No lo pensó y se anotó, empezando a tocar el contrabajo.

Un año después comenzó un secundario especializado en música y fue en esa etapa cuando recibió la primera gran noticia: una beca del Proyecto de Orquestas Infantiles y Juveniles de la Ciudad para estudiar en un conservatorio de Berlín.

Fue así como con tan sólo 14 años conoció Alemania y profundizó su relación con acordes y escalas. Una relación que lo llevó a levantarse cada día y encarar el día con optimismo. “Con la música, todo lo que sentía, fluía”, confiesa.

Cuando volvió a Argentina Lucas perdió a su tío y a su padre, mientras tenía que desayunar y almorzar en un comedor comunitario por la situación económica. Pero sus manos no querían saber nada con dejar de tocar el contrabajo.

Fue así como audicionó para el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, aunque no tuvo éxito. O sí. Gracias a no pasar comenzó a tocar cada vez más en su casa, a grabarse, escucharse y corregirse, desarrollando esa pasión y ese talento. Volvió a mirar alto, donde estaba su meta y voló hacia allá: audicionó nuevamente y entró al Colón.

La situación no se hizo más fácil ni relajada, ya que Lucas seguía viajando en colectivo (cuando lo dejaban subir con el instrumento), usaba un contrabajo prestado y comía lo que sobrara de las cenas de sus compañeros. Pero su sueño ya estaba cumplido.

Qué hubiera sido de…

El esfuerzo no es físico, es mental, porque la cabeza te quiere comer todo el tiempo”, dice el joven. La cabeza respondía a lo que recibían los oídos: prejuicios, desconfianza, exclusión.

Lucas pudo demostrar que estaban equivocados. Pero algunos de sus conocidos no. “Tanto te machacan con que ‘el hijo del chorro va a ser el próximo el chorro’ que se lo terminaron creyendo”.

“Yo veía que mi papá no había tenido oportunidades ni contención, pero yo sí las tenía”, señala contundente. Contó con su padre, su madre, su familia y los espacios donde tocaba y se sentía en casa.

Hace ya más de dos siglos, Don Bosco recorrió las prisiones juveniles teniendo muy en claro que si esos muchachos hubieran tenido a alguien que los quisiera y contuviera no estarían ahí.

Lucas ve hoy a un joven que creció con él robando y drogado y se pregunta: ¿qué hubiera sido de su vida si no lo hubieran convencido de que estaba condenado a ser un chorro?”.

Pasaron más de doscientos años y la herramienta es la misma: dar oportunidades a los jóvenes, contenerlos y ayudarlos a crecer. Como la oportunidad que encontró y aprovechó Lucas. Oportunidad a la que le agregó (con)trabajo y dedicación.

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